Francisco Lagos, profesor y estudiante de la Universidad Arcis, es también un vendedor de libros en San Diego, aunque no le gusta denominarse como uno. Está convencido de que él puede ofrecer mucho más que una venta. Él está compartiendo sus conocimientos al vender. Así, cada día desde las diez de la mañana, hasta las ocho de la tarde, en la plaza de San Diego, este hombre espera a personas que no sólo vayan obligados a encontrar algún título que le pidieron en el colegio a sus hijos, sino, a quienes pretendan hallar algo enriquecedor en un libro y lograr sacar provecho de, más que una compra, un nuevo mundo.
Francisca Montecinos
La gente que trabaja en San Diego suele conocerse, o al menos tener una idea de quien es quién. Esto se hace mucho más frecuente, entre los clásicos vendedores de libros. Hay muchos que llevan trabajando años allí y cuando llega alguien nuevo rápidamente lo incluyen, ya sea en sus relaciones, como en sus proyectos colectivos. Pocos son los que deciden no formar parte de estos grupos sociales y eso pasa en cualquier parte, siempre será más fácil compartir con todos, aunque no sea mucho el aporte individual. Francisco Lagos, no piensa eso, le es más fácil no acercarse mucho a la gente. Los considera diferentes a él, cree que probablemente no tengan muchas cosas en común, pese a compartir el mismo oficio, el de ser vendedores de libros.
Francisco es un hombre de 56 años de edad y en estos momentos está formulando su opinión sobre el destino. Dice que es complicado, es un hombre reflexivo y se caracteriza, entre muchas otras cosas, por nunca llegar y soltar las ideas.
Para él, un día normal, es llegar cada día a las diez de la mañana a San Diego, para abrir su apacible tienda, la tienda número 28, ubicada en la plaza Almagro. Por fuera todas las tiendas son iguales, pero, al abrirla, es notoria la diferencia con las demás. Primero que todo, está llena de focos luminosos, gracias a esto, comenta, que puede tener una mejor lectura, además los locales por dentro son muy oscuros ya que están techados y ya sólo fijándose en algo más estético, se puede dar cuenta de que le da un aspecto muy único y cálido. Los estantes que cubren las tres paredes de la tienda, se exponen a la vista de todo transeúnte, repletos de libros, y de todo tipo de libros, pero son Dostoievski y Borges, los que ocupan lugares privilegiados. Entre estos, él destaca que Dostoievski es su favorito.
Este vendedor de libros, se autodenomina un librero, un vendedor de libros pero de los antiguos, de esos que no sólo dan el producto y reciben el dinero, sino que también pueden conversar con la gente acerca de ellos, opinarles, darles alguno que otro comentario, en otras palabras, tal como él lo dice, venderlos con el verdadero valor que tienen. El expresa lo feliz que se siente cada vez que toma un libro en sus manos, cuando los sostiene, cuando detalla sus características: su lomo, su empaste, su portada, su escritura. Todo elegido con un sutil y refinado valor que lo sublima cuando se detiene a observarlos, como un preciado tesoro.
Este hombre en su trabajo, tiene fama de ser más bien retraído y eso opina Héctor Vásquez, vendedor de una tienda cercana, quien afirma que “(Francisco) No habla mucho con nosotros” y agrega que aunque lo encuentra un hombre agradable, no se ha dado la oportunidad de que puedan conversar más, “No es que sea pesado, para nada, pero es algo cortante. Es como medio antisocial el caballero.”
Aún así, no todos tienen la misma opinión de un Francisco antisocial y exageradamente reservado. El señor Jorge Amargo de 47 años, por ejemplo, es vendedor de tacos y etiquetas, dice que, como es trabajador ambulante sólo ve a este hombre algunas veces y no por mucho rato. Pero cada vez que se encuentran, a parte de que Francisco siempre le compra tacos para escribir, conversan un par de cosas y se forma un momento muy agradable:
¿Cómo es la relación qué tienen ustedes?
-No tenemos tanta relación, vengo algunos días a la semana, a veces vendo colaciones y otros accesorios para oficinas. Pero en esos días, siempre nos hemos llevado bien, siempre intercambiamos una u otra broma y él por sobre todo siempre me ha resultado un hombre con mucho ingenio al hablar.
¿Qué cree de la impresión que Francisco genera en sus compañeros de trabajo?
Yo imagino que no lo conocen bien, que nadie se toma el tiempo tampoco.
¿Qué opinión tiene usted de él?
Muy buena, por lo que hemos cruzado de palabras, bueno y que siempre está concentrado en sus lecturas y pareciera que permanece quieto de esa forma durante mucho rato, porque yo cada vez que vengo, lo veo así.
Es el mismo Francisco, él que reconoce que no le gusta mucho entrar en contacto con los otros vendedores de allí. Los encuentra muy diferentes a él, tanto en temas para conversar como en su forma de ser y dice que: “Todo va ligado con los intereses de cada quien. A ellos simplemente les interesan otras cosas, no creo poder conversar con uno de ellos acerca de un libro, ni tampoco iría a intentar entrar en alguna conversación de la nada, porque estoy seguro que me aburriría.” En vez de ello, prefiere leer, sentarse mucho rato a hacerlo, hasta que ya es de noche y es la hora de irse a su casa. Está leyendo varios libros al mismo tiempo, ahora último, está con uno de Borges, con libros de sus estudios y con algunos de física, que estudia por afición. También estudió física un tiempo, pero lo abandonó, al igual que la ingeniería comercial, en donde se había especializado en el área de economía.
Sus varios estudios y actividades, dan cuenta de que su vida no gira únicamente en torno a su local en San Diego, ya que él enuncia que no se sentiría bien, sólo trabajando para subsistir y ya. Francisco estudió pedagogía, física e ingeniería, aunque estas dos últimas no las completó. Hasta hace un semestre atrás hacía clases en la Universidad Arcis, donde también esta haciendo un magíster en “Historia y desarrollo de Latinoamérica”. Trabaja en la semana y los viernes y sábados asiste a clases, gran parte del día.
Cuando finalmente va a responder si es que cree o no cree en el destino, Francisco es interrumpido por nuevos clientes, preguntándole acerca de un título que no tenía. Es sexta vez en el día desde que abrió la tienda y no ha podido decir que sí, a ninguno de los libros solicitados. “Suelo traer títulos no tan conocidos, aunque es complicado arriesgarse en este terreno”.
Los demás comerciantes venden mucho libro de colegio, porque saben que eso es lo que realmente les traerá ganancias, la gente sabe que en estos lugares estarán los libros más tradicionales, usados y a bajos precios.
Luego de que este hombre había sido interrumpido, prosigue: “Definitivamente no creo en el destino”.
A María Eugenia de 45 años, le parece mal la gente sin compromisos, no opina por el caso concreto de Lagos, pero admite que el tiene alguna de estas características. Ella dice que no le agrada la gente que no participa en las cosas colectivas. Prefiere no hablar mucho de él, porque no ha sostenido con él conversación más extensa que los típicos diálogos casuales, sobre el clima o el “¿cómo está?, Bien ¿y usted?” Pero expone su disgusto frente a algunos hechos que suponen ser de la incumbencia de todos y el no demuestra mayor preocupación.
No importa cuanto se logre involucrar entre sí la gente, las comprensiones absolutas no existen y en algunos casos se podría decir que no se está ni cercano a eso, pero en parte la gracia de la vida está en ese aspecto. Son dos realidades eternas que chocan, “así es y así será siempre” dice este vendedor. “¿Por qué digo entonces que no creo en el destino?, porque si creyera en el destino, le estaría restando el valor a todo lo que he hecho, a todo lo que he logrado. Si es que estoy aquí ahora y si es que sé donde estaré mañana, es sólo y totalmente porque no creo en él”.

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